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domingo, 21 de marzo de 2010

CÓMO EMPEZÓ TODO. Una alegría muy fugaz

NOTA: Aunque mi intención no es pintarlo todo negro en esta historia, sino proyectar optimismo y alegría, no puedo evitar tener que poner unos garbancitos negros en este cocido de sentimientos.


Cuando cumplí los 35, de repente me di cuenta que era el momento de tener un hijo. Tras pasar unos años disfrutando de mi matrimonio, como se suele decir, el mismo día en que cumplí esa edad decidí que ya era el momento adecuado, aunque a estas alturas no sé si lo que aquel día me lanzó a la piscina tuvo algo que ver con el hecho de empezar a ir cuesta abajo hacia los 40.


Después de consensuarlo con T, ambos nos pusimos a la tarea, con el convencimiento que no iba a conseguirse en el primer mes, pero tampoco imaginándonos todo lo que estamos viviendo ahora.


Sorprendentemente, en el segundo intento lo conseguimos. Tras un primer momento de incredulidad tras ver el Test, llamé a la clínica, me dieron cita para la semana sexta y hasta ese momento estuve cautelosa, como si no quisiera creérmelo del todo, por si algo iba mal en esa visita.


Tras la misma, y solo después de poder escuchar aquel latido, me convencí del todo de que estaba embarazada y todo estaba bien. Yuhu! Alegría, sonrisas, dar la noticia a familiares y amigos, etc. Algo bonito estaba en marcha. Aunque recuerdo aquellos días tambien con un poco de miedo, o más bien un poco asustada, me daba cuenta que ya nunca iba a poder estar tranquilamente tumbada en una hamaca tomando el sol, sin tener un ojo puesto en el bebé. Y que ya nunca iba a poder dormir mil horas en la cama un día festivo, si es lo que me apetecía hacer. Eso me asustaba un poco, pero tambien es algo inevitable si tienes hijos. La reina de las contradicciones al habla de nuevo.


En la semana ocho tuve que volver al ginecólogo, él encendió el ecógrafo, empezó a buscar, y recuerdo que tenía una pantalla enfrente de mí, y que no veía por ningún sitio el puntito rojo que se movía en mi primera visita. Intuí que algo no iba bien.


El ginecólogo, me pregunto, ¿el otro día escuchamos el corazón? Y yo dije un tímido “Sí” con el convencimiento, ya pleno, que aquello no iba como debía de ir. El seguía explorándome, aquellos minutos me parecieron interminables, el silencio podía cortarse en el ambiente, y él buscaba insistentemente poder darme una buena noticia. Finalmente, me dijo algo así como “bueno, parece que esto se ha parado”. Me imagino que para un médico nunca es agradable tener que dar este tipo de noticia.


Me quedé en blanco. ¿Cómo? ¿Pero si todo estaba bien hace dos semanas? ¿Si no he tenido ningún dolor, ni pérdida ni nada de nada? ¿Esto cómo se come? Me sentí como si hubiera hecho un examen, me hubieran dicho que había sacado un diez, y a las dos semanas me hubieran dicho que se habían equivocado, y que estaba suspendida. Mi gine, que es un encanto y siempre me transmite mucha paz, me consoló, me animó, me informó de que tendrían que hacerme un legrado, y me habló con mucha profesionalidad, pero también con mucha ternura, lo cual siempre se agradece.


Salí de allí chafada, noqueada, en blanco, sin asimilar la mala noticia y sin poder creerlo. Y aun me quedaba contárselo a T sin derrumbarme, para que no se preocupara por nada más que por asimilar aquello. Conseguí mantener la calma mientras se lo contaba por teléfono. Me fuí de viaje unos días para olvidarme de todo, y unos días después me hicieron el legrado, todo fue bien, y pensé que necesitaría un tiempo para superar aquello, y para coger fuerzas para volver a intentarlo, sin adivinar que aquella carrera de obstáculos sólo acababa de empezar.


¿Y tú? ¿Has tenido que vivir algo parecido? ¿Cómo lo viviste? ¿Con la misma cara de idiota que se me quedó a mí?