
Este fin de semana, me he dado cuenta que hay cosas que me siguen afectando. Solo son frases o comentarios desafortunados, pero que sólo son desafortunados para mis oídos, ya que la gente los ha hecho con la mayor naturalidad del mundo. Comentarios que de no estar en las circunstancias en las que me encuentro, entran dentro de cualquier conversación con la mayor normalidad del mundo. Solo que, en mi caso, se han convertido en agresiones involuntarias a mi psique (como la de salir a la calle y no ver más que cochecitos y embarazadas).
Me encontré con un conocido de mi hermana que con toda su buena intención me preguntó, quien de los niños que había en el recinto, eran mis hijos (suponiendo que a estas alturas de mi vida, tendría ya hijos). Y claro, le tuve que decir: “Ninguno. No tengo hijos”. Yo no sé qué pensaría al recibir mi contestación, pero automáticamente, cambió de tema, y me preguntó por el trabajo, jajaja. Aquello me hizo sentir un poco mal, sé que no tiene la mayor importancia para el que pregunta, pero para una que está intentándolo, y que no sabe si esa respuesta terminará siendo la definitiva en mi vida, me hizo darme cuenta que se crean situaciones incómodas por simples comentarios. Como si una mujer de mi edad que no tenga hijos no entrara dentro del círculo de la normalidad... y eso crea un silencio tenso.
Me encontré con un conocido de mi hermana que con toda su buena intención me preguntó, quien de los niños que había en el recinto, eran mis hijos (suponiendo que a estas alturas de mi vida, tendría ya hijos). Y claro, le tuve que decir: “Ninguno. No tengo hijos”. Yo no sé qué pensaría al recibir mi contestación, pero automáticamente, cambió de tema, y me preguntó por el trabajo, jajaja. Aquello me hizo sentir un poco mal, sé que no tiene la mayor importancia para el que pregunta, pero para una que está intentándolo, y que no sabe si esa respuesta terminará siendo la definitiva en mi vida, me hizo darme cuenta que se crean situaciones incómodas por simples comentarios. Como si una mujer de mi edad que no tenga hijos no entrara dentro del círculo de la normalidad... y eso crea un silencio tenso.
En otro momento de este fin de semana, en una reunión familiar, mi hermana le comentó a otro familiar que a ver si conseguíamos hacer una foto de toda la tercera generación, refiriéndose a hacer una foto de todos los hijos de mis hermanas, de mis primos, etc. Y a mí, aquello me hizo darme cuenta que quizá nunca haya ningún miembro que yo pueda aportar a esa tercera generación. Supongo que para alguien que ya ha cumplido en cuanto a descendencia, es algo inconsciente decir algo así, porque para ella, toda la tercera generación que quería aportar al mundo, ya la ha aportado, pero no se dio cuenta que yo estaba delante, y que quizá, solo quizá, no esté aquí aún toda esa tercera generación. Quizá falte alguien por venir. Aquello me dejó, una vez más, tocada, y con un nudo en la garganta de los que hacen que te cueste tragar. Sé que son comentarios inconscientes, ingenuos, y que además, no iban dirigidos a mí, pero aquello me revolvió muchas cosas sobre todo lo que ha tocado vivir con este tema de la maternidad, o mejor dicho, de la No-Maternidad.
Tengo la sensación de encontrarme en un estado de malabarismo continuo, como si me encontrara andando sobre un alambre a unos cuantos metros sobre el suelo, haciendo equilibrios para no caerme al vacío, y según sea capaz de mantener el equilibrio en ese alambre, o no ser capaz de mantenerlo, mi vida se debatirá entre una vida con hijos, o sin ellos.
Todas esas agresiones involuntarias hacen tambalear mi equilibrio, y aunque me hago la fuerte, y aguanto el tipo, lo cierto es que ese tipo de comentarios, como si fueran una ingenua ráfaga de viento, hacen tambalear mi equilibrio sobre el alambre.
En definitiva, que una también tiene sus momentos de debilidad.